Venganza

Caos, devastación, la pérdida asoló mi alma. La realidad aporreaba mi almohada para entrar en un mundo del que yo no quería salir. Sólo encontraba consuelo en rememorar, en pasear de puntillas por nuestros recuerdos. Tuyos y míos, de los dos. Un consuelo frío que se deslizaba por mis mejillas y anidaba en mi pecho en forma de gotas susurrantes. La pregunta siempre fue la misma ¿por qué? Si para mí éramos perfectos, el círculo que empezaba donde terminabas tu. Un día hiciste una maleta, la llenaste con mis sonrisas y la cerraste de golpe. No hubo explicación “Ya no funciona” palabras vacías que para mí nada significaban…

Por rutina, seguí respirando, el aire continuaba llenando mis pulmones mientras agarraba mi estómago para soportar los calambres. Dejé de comer y casi de vivir, porque vivir no es arrastrarse y no sentir. De pronto un día mi cerebro dio un vuelco y empecé a idear maneras de vengarme del dolor que habías causado. Incapacitada como estaba para sentir algo más que odio, las más maquiavélicas ideas fueron adueñándose de mí.

El primer paso fue sencillo. Tu coche, ese juguetito que ni era tan bonito ni tan caro, apareció rayado, con ganas, de arriba a abajo. Casi no había nada que pudiese dolerte más. Después extraños paquetes de repulsivo contenido en tu buzón, con la certeza indemostrable de que era yo quien los dejaba. Tu correspondencia desaparecía con la misma rapidez que el cartero la dejaba, lo que provocó que perdieses citas importantes, paquetes, que te cortasen el teléfono tras dejarte varios avisos… Mi sonrisa cruel se fue ensanchando y mi alma se regodeaba en el placer de la venganza.

La situación cambió una tarde. Apostada a la puerta de tu casa te ví bajar, abrazarla y darle un beso, con unas ganas que no habías tenido por mí ni al principio de nuestra relación. Una explosión de colores cegó mi entendimiento y me dije que tenía que alejaros. Si no eras mío de nadie. Pensé en matarla, en matarte, pero yo no estaba loca. Claro que no. Nunca habría ideado un método perfecto para cometer un asesinato sin dejar huellas, así que me acerqué a ella. Estuve varias semanas dándole vueltas al modo más creíble de entablar relación. Observé sus hábitos y rutinas, me apunté a su gimnasio, me hice la encontradiza varios días y tomamos un café. Luego quedamos a cenar, otro día fuimos al cine, y en cada cita yo hablaba de mi exnovio, de lo mal que me lo había hecho pasar, de lo malvado que había sido conmigo, de cómo socavaba mi autoestima, de lo poco que me valoraba. Ella decía que eras un monstruo y se escandalizaba con cada nueva invención mía y alababa a su novio, es decir, a ti por lo bien que la trataba y lo muy enamorado que estaba de ella. Una tarde sacó una foto y yo hice una interpretación magistral. Me quedé paralizada, muy quieta, con la boca abierta y la cara transformada en una mueca de horror. Luego empecé a temblar lentamente y le devolví la foto en un grito ahogado “es él.” Tendrías que haber visto su expresión. “No puede ser, no, Sergio no es así.” Intentó convencerme y yo no discutí. Sólo le dije que tuviera cuidado y que no podíamos vernos más. Y ella flaqueó, desconfió de ti y se alejó. Lo celebré como si hubiera vencido en Waterloo. Pero cometí un error: había olvidado la pureza del amor y no conté con los ramos de flores, los e-mail y SMS dando explicaciones y contando nuestra historia.

Una noche la vI llegar a tu casa pero no salir. Faltó poco para que subiera yo también. Los fogonazos de colores volvieron a mi cabeza y ya no se fueron más. A cada minuto os imaginaba juntos, en la cama, riendo mientras veíais una película, incluso os vi subidos al altar. Empecé a seguiros ya sin disimulo, a amenazaros a gritos de una acera a otra, a lanzaros cualquiera cosa que tuviera a mano. Tuviste el valor que yo nunca te supuse y me denunciaste. Primero fue la orden de alejamiento, que nunca obedecí, después el arresto y los reconocimientos psicológicos. Me libré la primera vez, pero no la segunda. Coincidí con ella un día y una nube verde pasó por mi mente. Después me dijeron que la había atacado. Me diagnosticaron algo de nombre para mí impronunciable.

Ahora paso mis días en este cuarto acolchado, en una neblina blancuzca, maquinando… maquinando.

(Cuento original publicado el 25 de julio de 2006).

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