Un alto en el camino

 

Se me había olvidado ese hoyuelo que se forma en tus mejillas cuando sonríes. Y ahora, observándolo, pienso en cuánto lo he echado de menos. No era el hoyuelo en sí, claro, era la sensación de bienestar que me transmites… esa sensación de estar en casa.

La nuestra es una historia de las corrientes… o no, según se mire. Nos encontramos, nos separamos y pasó un largo tiempo hasta volvernos a encontrar. Mientras recuerdo, pienso que a veces hay que dejar escapar las cosas para poder disfrutar de ellas.

Hace unos meses Rodolfo celebraba su 30 cumpleaños, una fecha para no olvidar. Pasó las semanas anteriores hablando acerca de la madurez, de lo que significaba la treintena y un montón de estupideces más, todo muy en su línea. A pesar de que sus amigos no me caen muy bien, él es uno de los mejores de los míos y no podía perderme el fiestón. Para que su aniversario tuviera la importancia que él le daba, Rodolfo alquiló un local de moda para agasajarnos, o agasajarse, no sé muy bien quién disfrutó más de aquello, y yo me volví loca para dar con el modelito acorde con el maldito local. Le di mil vueltas al armario esa tarde de sábado: saqué jeans, los volví a guardar, rebusqué entre faldas y pantalones de vestir, y cuando ya lo daba todo por perdido recordé un vestido palabra de honor amarillo limón que le sienta fenomenal a la palidez de mi piel. Completé el atuendo con sandalias, cartera y cinturón negro. Cuando salí de casa, al echarme un último vistazo en el espejo de la entrada, me dije que estaba perfecta.

Tras media hora de insulsa conversación con los amigos de Rodolfo, te vi aparecer. ¿Cuánto hacía que no nos encontrábamos? ¿Diez, doce años? Ahí estabas con tus gafas de pasta y tu expresión de despistado, como quién había caído por allí de casualidad, típico de ti el parecer descolocado para luego convertirte en el alma de la fiesta. El tiempo no te había tratado mal y, aunque tus músculos se habían relajado algo, seguías pareciendo la mar de interesante. Te observé de lejos, recreándome en tus hoyuelos, en tu mirada azul profundo, en tu pelo ensortijado. No sabía si acercarme a saludarte o no. Lo nuestro se había extinguido casi sin darnos cuenta, lo habíamos dejado correr, ¿qué se suponía que debía hacer ahora? Tú decidiste por los dos. Desde lejos tu rostro se iluminó con una amplia sonrisa y con los brazos abiertos te dirigiste hacia mi. Parecías feliz por habernos encontrado.

– ¡Elisa, cuánto tiempo!

– Hola, Joaquín, me alegro mucho de verte.

Tras esas dos sencillas frases, y con dos sonoros besos, el mundo dejó de existir para nosotros. Te conté que había terminado arquitectura y que trabajaba en un estudio multidisciplinar que se dedicaba a proyectos integrales. Escuché que seguías siendo un bohemio, que estabas a punto de publicar tu primera novela y que mientras sobrevivías como freelance en varias revistas culturales. Nos reímos comentando que cada uno estaba donde el otro pensaba “¡Qué previsibles somos!”

Aguantamos en la fiesta hasta el reparto de regalos. Rodolfo, en su salsa siendo el centro de atención, no protestó mucho porque nos marchásemos tan pronto (¡si eran las dos de la mañana!) y nosotros huimos a un lugar más tranquilo donde poder charlar. Claro que los lugares tranquilos habían cerrado hacía rato.

– ¿Vamos a mi casa?- pregunté.- No queda lejos.

– Te pega vivir en el centro. Siempre tan urbanita…- murmuraste.- Está bien, vamos para allá.

En un tranquilo paseo nocturno, extrañando las estrellas que pocas veces asoman en el cielo de Madrid, recordé qué me había enamorado de ti. Me deleité en tu hablar pausado y dulce, mientras tu boca desgranaba recuerdos de adolescencia y juventud a trompicones, y a un roce de tu mano volví a sentir cómo se erizaba mi piel. En un suspiro llegamos a mi piso.

– Es bonito.

– ¿El qué? – pregunté curiosa.

– El apartamento. Algo masculino, quizá, con todas estas líneas rectas y esos colores tabaco, pero bonito.

– Bueno, soy algo minimalista. Llámalo deformación profesional si quieres, no me gustan los ambientes recargados. En la sencillez está el buen gusto.

– Ya veo, ya.

– ¿Café?

– Sí, por favor.

– Voy a prepararlo, siéntate.

– Prefiero acompañarte.

– Ven por aquí, entonces.

– Así que aquí es donde cocinas… muy funcional todo.- comentaste fijándote en el aspecto industrial.

– Cocino menos de lo que quisiera. El estudio tiene muchos proyectos y, a pesar de que está muy cerca, como fuera casi todos los días. Es el precio que hay que pagar.

– ¿Éxito?

– Eso y reconocimiento. Creo que es más el saber que tu trabajo gusta que la sensación de éxito en sí. A ti te pasará lo mismo.

– Poca gente me ha leído todavía… No sé si me gustaría el éxito…- resolviste con un deje de melancolía.

– Ya hablaremos cuando publiques tu novela. Si sigues escribiendo tan bien como antaño, estoy segura de que no te van a faltar lectores.

– Gracias. Creo que con el paso del tiempo he dado un giro algo oscuro a mi obra, he perfilado mi estilo… Ya sabes, manías de alma atormentada.

– No te pongas dramático Joaquín. Viendo lo bien que estás no se puede decir que la vida te haya maltratado.- Una sonrisa se dibujó en tu cara, yo debí encenderme como los faroles.

– Gracias otra vez- reíste. – ¿Puedo serte sincero? – asentí.- Creo que lo único que he echado en falta estos años ha sido alguien a mi lado. Aunque no lo creas, he pensado mucho en ti: no he vuelto a tener con nadie esa complicidad que tenía contigo.

Me quedé un poco pasmada y debiste notármelo. Una media sonrisa incómoda se dibujó en tu cara y yo me giré hacia la cafetera rápidamente con la esperanza de que pasara la turbación del momento. Me descolocó tu confesión, quizá porque se supone que somos las mujeres quienes debemos sentir así. Para mi el no tener pareja era más una decisión propia que un azar del destino: mi única prioridad era mi carrera profesional y había alejado cualquier cosa que pudiera distraerme. No necesitaba estar con nadie… o eso me había repetido hasta la extenuación.

– Creo que el café está.- Dijiste sacándome de mi mundo.- Si no lo paras ya empezará a mancharlo todo.

– Es verdad…- respondí incómoda de nuevo. Al levantar la vista me topé con tus ojos azul mar abierto y la habitación se tambaleó. Me dio un vuelvo al corazón. Quizá me había obligado a no sentir nada durante demasiado tiempo.

Azorados volvimos al salón con el café y el primer sorbo consiguió suavizar la situación.

– Está estupendo.

– Sí… me lo trae un amigo que es muy cafetero. Siempre encuentra pequeñas rarezas con las que obsequiarme.

– Parece que te rodeas de buena gente…

– Hago lo que puedo.- Dije con tono de autosuficiencia y ambos rompimos a reír.

Se nos pasó el tiempo volando, tanto que la mañana del domingo nos encontró arrebujados en el sofá hilvanando recuerdos comunes con vivencias ajenas. La vida no siempre había sido benévola contigo. El cáncer fulminante de tu madre, descubierto demasiado tarde, marcó tus veinticinco y el accidente de tráfico de tu hermano tus veintiocho.

– Fue mejor que se fuese, ¿sabes?, ahora lo entiendo. Juan ya no era él. No podía hacer nada por  sí mismo y se le veía triste… ya sé que no podía hablar, pero en el fondo de su mirada había un velo de tristeza tan grande. Un día se quedó dormido y ya no sufrió más. Se fue sin hacer ruido, tal como había vivido.- Me explicaste con los ojos bañados en dolor.

En aquel momento, me enamoré de ti. Te quise como nunca había querido a nadie. Tu ternura derribó las barreras construidas a través de los largos años pasados. Había descubierto en ti no sólo a un superviviente, sino a un ser lleno de sensibilidad con un gran saco de amor anclado a su alma. Estiré mi brazo y posé mi mano sobre la tuya sólo para supieras que ya no estabas solo, sólo porque entendieras que yo quería estar ahí. Despacio, sonreíste tímido sin llegar a separar los labios, cerrando los ojos. Ahí descubrí tus hoyuelos de nuevo y ambos, por fin, llegamos a casa. Sentí paz y sin entender muy bien por qué, al fin y al cabo hacía sólo unas horas que nos habíamos vuelto a ver, supe que sería feliz contigo y que yo te haría feliz. Supe que nuestro tiempo era ahora y no antes, que cada uno tenía que vivir lo que había vivido para estar listo y me alegré por ello. Me abrazaste y todo dejó de importar, excepto el futuro a tu lado.

Y ahora que el futuro ha llegado, observándote mientras sonríes, sé que ambos tomamos la decisión adecuada.

(Cuento original publicado el 23 de junio de 2007)

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