Todo llega

Aquél día hacía sol y las florecidas lavandas teñían el horizonte. Despreocupada caminaba entre ellas, dejando que su vista vagara por el vasto paisaje. De pronto un muchacho irrumpió rápido en su campo de visión. Se quedaron parados el uno frente al otro, reconociéndose, sabiendo que el destino había llegado. Ella notó cómo su corazón se alborotaba, tanto que onduló su blusa y sintió crecer en lo más profundo de su cuerpo un rubor nacarado que pronto llegó a sus mejillas. Él sonrió despacio, la miró de abajo a arriba, la falda remangada, la alpargatas, el castaño pelo alborotado, los inmensos ojos azulados con destellos miel mirándolo fijamente, la carnosa boca entreabierta y se quedó colgado de su imagen. Sin poder apartar la mirada de su cuerpo estiró el brazo, tomó su mano y la invitó a bailar. El coro estaba en su cabeza, no necesitaban más. Dos cuerpos destinados a encontrarse bailando el baile más antiguo.

Había anochecido muy despacio. Así al menos se lo había parecido a ella. La cabeza reposada sobre su hombro con calma, el suave aroma de las lavandas del jardín, la masculina mano sobre el regazo de ella. Había anochecido muy despacio, del amarillo limón, anaranjado, pasando por el rosa, llegó el violeta y después una oscuridad rotunda cuajada de estrellas. Callados, casi sin respirar por no romper el encanto de ese momento eterno. El fresco de la noche había comenzado a erizarle el vello y, aunque recordaba un chal caído en el suelo hacia su izquierda, no se movió, prendida en el encanto de ese instante con olor a primavera. Vestidos de gala para decirse adiós. Un adiós irremediable, el adiós de “la historia debe terminarse”. Y sin embargo, sus cuerpos se rozaban magnetizados el uno por el otro, como había sido desde que se conocieron. Recordaba aquella tarde en que el destino se lo puso delante entre esas mismas lavandas. Recordaba cuanto vino después, la felicidad y el sufrimiento, la certeza de que nada es eterno y de que algún día, aún no queriendo, la vida daría un giro y les pondría en otro lugar.

Y el día había llegado, como todo llega. Se despertaron con un regusto amargo, se miraron y se sintieron menos conocidos. Sus pieles seguían reaccionando a la del otro, pero sus mentes estaban ya en otra parte, en futuras historias que les devolverían el esplendor de los meses pasados. El amor debía extinguirse en la subida y su montaña rusa había comenzado a bajar. Con el naranja rosado del amanecer ella recogió sus zapatos, besó su cuello y se fue tan despacio como había anochecido. Dejó su chal, con su aroma, para que cuando llegara la otra, la que iba a ocupar su lugar, el cuerpo de él no olvidara a quién había pertenecido.

 

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