La felicidad invertida

No era el momento, estaba claro. Desde el último banco de la iglesia hasta el altar nuestras miradas se entrelazaban con insistencia en un intercambio inapropiado. No podía apartar mi mirada de ella: estaba resplandeciente, desde el cabello suavemente ondulado hasta los jugosos labios de fresa. Mediaba un abismo desde la última vez en que nos habíamos visto y, sin embargo, el instinto animal que despertaba en mí no se había alterado. Era incapaz de controlar mis pensamientos estando cerca.

Miré de reojo a Juan. Tan atildado como siempre, tan seguro de sí, tan encantador. Cuando Mara nos presentó pensé que no era hombre para ella y mi opinión seguía siendo la misma. Ahí estaban los dos, vestidos de domingo, delante de una centena de amigos y familiares dispuestos a jurarse amor eterno. Mientras pronunciaba las malditas palabras era yo quien estaba en su cabeza, estaba seguro, pero no podía culparla por entregarse a otro hombre. Tenía la certeza de haber equivocado mi camino durante muchos años, alejándola de mí yo había condenado a aquella extraordinaria mujer que justo en ese instante pronunciaba un tímido “Sí”. Cuando hubo concluido la palabra giró la cabeza y sus profundos ojos verdes se posaron en los míos. Un velo acuoso, rápido, inesperado, se adueñó de mi vista y una solitaria lágrima resbaló por mi mejilla. A pesar de la presteza de mi mano, ella consiguió verla y su gesto se contrajo en una mueca de sorpresa que en un primer momento no entendí, pero que cobró sentido después de pensarlo varias veces: gracias a mi empeño en ignorarla durante tanto tiempo, la había convencido de que no sentía nada por ella. !Era tan cobarde haber esperado hasta el último segundo para intentar recobrarla! Me sentía el protagonista de una de esas absurdas películas americanas en las que el galán y la jovencita se reconcilian al final, justo cuando el Juan de turno se quedaba pasmado  y solo en el altar. Continue reading “La felicidad invertida”