Me piensas

Leí su nombre y me quedé en blanco. Habían pasado tantos años… tantas cosas. Ya no recordaba el tacto de su piel, ni siquiera el sonido de su voz, sólo la última conversación telefónica que terminó con un “ya no puede ser” y luego la nada. Y ahora estaba allí, tan cerca que el simple pensamiento me  arreboló las mejillas y me aceleró el corazón.

Tras despedirnos traté de no pensarle. Nuestras vidas estaban ya destinadas a discurrir separadas y yo hice la mía, lo mejor que supe… aunque quizá lo más acertado sería decir lo mejor que pude. Cambié de trabajo, de ciudad y, poco a poco, me fui haciendo a no recibir sus llamadas ni sus mensajes, le fui borrando un poquito cada día. No fue fácil. Estaba muy enamorada y convencida de que el futuro pasaba por vivirlo con él. Así que tras su despedida tuve que reconstruir mis propios cimientos. No me quejo. Aprendí a vivir sola, sin la tóxica dependencia que produce el enamoramiento clásico, sabiendo que podía salir adelante sin una pareja conmigo, sabiendo que podía seguir sin él. Cuántas noches me descubrí fantaseando con su vuelta, para luego devolverme yo misma a la realidad. Y ahora que estaba superado, reaparecía.

Al entrar en la sala, el cuerpo comenzó a temblarme. Junio de sol a borbotones entrando por las ventanas y yo parecía en medio del gélido febrero. Busqué una silla libre, en un rincón, casi detrás de una columna. Aún no había decidido si quería que me viera cuando oí su nombre por megafonía y lo vi subir al escenario. Estaba cambiado. Tenía más canas, más arrugas, pero también parecía más sereno, más maduro. El mundo se paró mientras las partículas de luz se posaban en sus hombros. Ahí estaba el amor de mi vida. El único hombre al que había amado. Su sonrisa seguía siendo franca, su tono de voz hipnótico. Mis rodillas no cesaban de entrechocar, no veía nada que no fuera él, pero no prestaba atención a lo que decía, mi mirada colgada de la comisura de sus labios, mi oído cosquilleado por el susurro de su voz. Le veía hablar, sonreír, y reconocía cada uno de sus gestos: el golpe de cabeza vehemente con el que reafirmaba sus convicciones, los ojos achinados afirmando cuando escuchaba algo que le gustaba, la forma de juntar las manos apoyando los brazos en la mesa. Me resultaba tan familiar y tan ajeno al mismo tiempo. Le observaba y sentía que se estaba dirigiendo a mí, aunque no me mirara, aunque hablara para todos y para nadie en particular.

La forma de juntar las manos… jugueteaba con un anillo en su anular izquierdo y, cuando me fijé, reconocí el que guardaba en su interior una promesa que no se llegó a materializar: “Martina, para siempre”.  El corazón empezó a palpitarme fuerte, muy fuerte… casi hasta dolerme, me resonaba en los oídos. Noté el torrente de emociones subiendo a mi cabeza, cada vez más inenso, sin querer pararlo, sin tener fuerzas para hacerlo. El tiempo no había curado nada, acababa de tomar conciencia de ello. Apreté los puños. Una solitaria lágrima rodó por mi mejilla. Agarré con fuerza mi bolso y salí con discreción por el lateral de la sala. Cuando abrí la puerta miré hacia el frente para encontarme con la mirada directa de Jorge. Se la mantuve lo justo para ver la sopresa pintada en su cara y oír un “disculpen” quebrado a través de los altavoces, así que me apresuré. La suerte que normalmente no me acompañaba, apareció aquella tarde y pude parar un taxi en la mimsa puerta del hotel para huir.

Una vez dentro me vacié, llorando juntas todas las lágrimas que llevaba años atesorando. Las que no quise contar, las que no quise pensar, casi ni sentir, las que no quise reconocer que me escocían en la garganta cada vez que su nombre aparecía por casualidad en la lista de contactos del móvil. Me preguntaba sin cesar por qué llevaba ese anillo cuando era él quien había decidido largarse. Fue el trayecto más intenso de mi vida, casi como volver a pasar por cada uno de los años separados, y cuando llegué a casa estaba agotada. Me dolía la cabeza. Me sentía triste. Y engañada, aunque no comprendía en qué modo. Me metí en la ducha y seguí llorando, golpeando las paredes, dejando que el agua arrastrara mis penas, notando el mundo caerse de nuevo bajo mis pies.

La noche no sirvió para apaciguarme, apenas dormí arrasada por la incomprensión. Me preparé un café, encendí la tableta para leer la prensa con la intención de concentrarme en algo, y me arrebujé con una manta en el sofá. Esbocé una sonrisa al pensar en mi madre que siempre cuenta que me arropo hasta en agosto. Fui directamente a cultura, no quería noticias truculentas aquella mañana, pero no me salió bien la jugada y me encontré con el rostro amable de Jorge seguido del titular que no hubiera querido leer jamás “El ensayista Jorge Silva muy grave tras sufrir un atropello”. Tras el shock inicial volé al hospital… pero llegué tarde, él se marchaba en el mismo momento en el que yo enfilaba la entrada de la habitación.

Su muerte vino seguida de días muy raros. Me sentía como en todos los años anteriores pero la consciencia de su ausencia eterna me atenazaba hasta el extremo. Pedí vacaciones en el trabajo. Mi madre se mudó unos días de ciudad para cuidar de mí. No tenía apetito, apenas hablaba ni dormía y, si nadie me lo recordaba, tampoco me duchaba. Me convertí en una sombra que habitaba mi casa a la espera de superar la pena o sucumbir en ella. Hasta que un día sonó el timbre de la puerta y me encontré a su hermana, pálida y delgada, pero vestida de colores.

– Carla… pasa, pasa. ¿Quieres tomar algo?, ¿un café?

– No, Martina, no voy a entretenerte mucho. Te traigo esto- dijo tendiéndome un paquete rectangular con una sonrisa-. Sale a la venta la semana que viene y he pensado que debías de tenerlo antes. Nada más. Bueno, sí, solo una cosa. Piensa en cómo era Jorge, en cuánto le gustaba celebrar la vida. No le llores más. Sal, disfruta, vive- y dándome un beso, se dio media vuelta y se marchó.

Mi madre, que había escuchado pacientemente desde la cocina, me tomó la mano y me llevó hasta el sofá, me echó la manta por encima y se sentó en la butaca que había enfrente de mí. Esperó con calma infinita a que yo abriera el paquete, solo por auxiliarme si necesitaba algo. Era un libro, grueso, “Me piensas, la primera novela de Jorge Silva” rezaba en la portada. Y en la primera página impresa “A Martina, que al leer espero que entienda y quiera quedarse a mi lado”. Abracé ese volumen como si mi salvación estuviera escondida en sus páginas, sabiendo que era el gran proyecto del que tanto habíamos hablado, el que yo le animaba a emprender aún consciente de que era posible que nos separara por la envergadura que le suponía. Y leí sin parar a tomar aire sus casi mil páginas. Y me reconocí en muchos de los rasgos de aquella María que atravesaba los años y las vivencias de una España en transformación. Y contemplé los largos meses de investigación y documentación desde lejos y el nivel de exigencia de Jorge para con su trabajo. Y entendí llorando lágrimas amargas su visita a mi nueva ciudad. Y maldije al destino que nos había preparado un final inesperado.

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