Martín

Despertó con la sensación de que algo estaba mal. Su mente se afanaba en recordar lo acontecido la noche anterior, pero nada acudía en respuesta.

Abrió los ojos. Estaba casi convencida de que era de día aunque a su alrededor la oscuridad era total. Intentó reconocer dónde se encontraba, pero el lugar le era completamente ajeno.

Giró la cabeza a su izquierda y reparó en un bulto a su lado en la cama. Martín… ¿Qué hacía en esa cama con Martín? Su cabeza sólo respondía con unos lacerantes pálpitos de dolor en las sienes. “Martín” pensó de nuevo. Reconocería ese pelo oscuro en cualquier parte. Y ese olor a lluvia que le acompañaba siempre…

Conocía a Martín desde hacía diez años. Un novio adolescente les había presentado y desde entonces se convirtieron en inseparables. Restaurantes, cines y cervecerías fueron testigos de una amistad cada vez más profunda e íntima.

Giró la cabeza de nuevo, lentamente, mientras las imágenes acudían a sus retinas. Salieron a celebrar su nuevo puesto. La habían ascendido en la tienda de decoración en la que trabajaba. Económicamente le venía genial porque el alquiler le asfixiaba cada mes. Su grupo de amigos fue disminuyendo al tiempo que aumentaba el número de bares recorridos en Huertas. En el último, cuando ya sólo quedaban ellos dos, Martín le dijo “Me gusta perderme en tus ojos de mar, ¿sabes? Cuando los miro me siento más cerca de tí, de esa parte en la que eres más tu y que casi nunca muestras.” No supo qué responder. Le miró con sus ojos grandes, profundos, mientras pensaba en la cantidad de horas que había pasado junto al hombre que estaba frente a ella. “¡Qué tonterías dices, Martín!” Y siguieron tomando una cerveza tras otra.

No recordaba mucho más. Empezó a pensar que el número de cervezas ingeridas había sido demasiado elevado. Pero había algo más revoloteando en la oscuridad de su cabeza. Poco a poco, mientras ella se desperezaba, sus sentidos iban despertando. Captó algo, una especie de zumbido lejano. Un olor metálico se mezclaba con el olor a mar de Martín. Algo conocido… Humedad. Sintió el colchón empapado bajo ella. “No me gusta esto.” Se encendió una luz. Entrecerró los ojos e intentó enfocar. Había alguien al fondo de la habitación además de ellos dos. Parecía una habitación de hotel, escritorio, silla, televisor… su barrido visual frenó de golpe. Mientras comprendía que la humedad era roja sangre calando en el colchón un disparo desgarró el aire.

(Cuento original publicado el 14 de junio de 2006).

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