La entrada del cementerio

Se anudó con desgana el cinturón de la gabardina café con leche. Observaba las gotas en su incesante golpear contra el suelo. Tap tap tap. “Es tan extraño todo”, pensó mientras su mano izquierda, distraída, atusaba su melena, “Parece incluso el mismo día, como si estuviera en un bucle que me impidiera avanzar y me obligara a volver siempre a él”. En el fondo de aquel día gris se dibujó la luminosa sonrisa de Jan. Las arruguitas que bordean sus ojos. El miel antiguo. “Perdona” le dijo él y al levantar la vista Sara supo que aquél encuentro no había sido fortuito, que la vida le traía, al fin, el regalo que pensaba que merecía.

No había sido fácil su vida, no, pensó Jan mientras hablaban. El padre ausente al que no se nombraba, la madre siempre fuera de casa para poder mantenerla y ella tan sola con sus ganas de aprender. Imaginó aquella cabecita cobriza enterrada en un mar de libros en un pequeño comedor de apenas 10 metros cuadradados y no pudo menos que enternecerse. Nadie parecía querer darle una oportunidad, ni el propio Dios desde lo alto, nunca llegaba a su objetivo. No pudo ir a la Universidad, así que desde bien joven empezó a trabajar. Auxiliar administrativo en una pequeña empresa, picaba facturas de 9 a 17 h. Ella parecía feliz, por más que él pensara que cuanto le contaba era terrible.

Sara le miraba a ojos llenos mientras le hablaba. Por primera vez en mucho tiempo se sentía tenida en cuenta, ¡alguien la estaba escuchando! No podía creerlo aún. Un golpe en la entrada de un cementerio en una mañana oscura y lluviosa le había traído la luz del sol a su tarde.Todo él resplandecía desde su cabello rubio oscuro hasta las increíbles pestañas que bordeaban sus ojos color miel. Cada frase desgranada venía acompañada de un gesto de entendimiento o de incomprensión, según el sentido de lo que estuviera contando. Nunca le habían prestado tanta atención.

Jan comprendió enseguida que Sara era la mujer ideal: guapa, lista, cada prenda que llevaba, aunque no fuera de gran calidad, le sentaba como un guante y tenía mucha conversación. Era un placer estar con ella. En su mirada se dibujaba la adoración cada vez que estaban juntos y no tenía familia que fuera a molestar… porque a Jan la familia de sus mujeres le molestaba. Mucho.

Esa misma tarde comenzó a dibujar un plan en su cabeza. Sabía leer en la soledad que vivía en el fondo de los ojos de Sara y, como buen embaucador, la colmaba de atenciones: flores, llamadas, mensajes gritando amor, nada se salía de una perfecta representación del perfecto amante. Y ella… bueno, ella cayó como caen las personas que necesitan afecto enredada en tanta muestra de irreal pasión. Cada día comenzaba su rutina pensando en esos ojos miel que tanto la miraban y pasaba el día ansiando que llegaran las 17 para volverlo a ver. No le bastaban 24 horas para estar a su lado, no le llegaban los minutos para perderse en su boca, para entregarse a su abrazo. No comprendía cómo había conseguido vivir sin él tantos años. Los días se convirtieron en una suerte de contrarreloj eterna para volver junto a él y se fue anulando poco a poco. Hasta dejo de ver a sus amigas a las que no había llegado a presentar a Jan por no perder tiempo de estar solos.

Jan estaba encantado. Las demás habían salido corriendo a las pocas semanas pero ya casi había pasado un año y Sara seguía allí. Atravesaba la verja del cementerio cada tarde, sobre las 17:15, y se sentaba en un banco cercano al panteón de los Schmidt. Se atusaba el pelo, se repasaba los labios y esperaba que él llegara. Casi 365 tardes repitiendo la misma rutina. Y él aparecía con su perfecto traje negro, con su lustroso pañuelo blanco en el bolsillo, con sus maneras de otra época y Sara se perdía en él. Nunca estaban con nadie, siempre los dos solos, juntos. Cada vez tenía que esforzarse menos en esas apariciones que tanto lo agotaban, en atravesar la línea, Sara estaba entregada a él. Cada día más delgada, cada día más canosa, cada día más allí con él que aquí. Por fin había conseguido su objetivo: una compañera para toda la eternidad. Y su última madrugada terminó como habían comenzado las últimas 364: tumbada sobre un nombre labrado en mármol “Jan Smichdt 1845-1885”

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