La Casa

Resuenan sus tacones en la oscuridad espesa. Adormilada camina por inercia, y sus ojos entreabiertos descansan en cuanto la rodea: una furgoneta aparcada desde hace cuatro días en el mismo lugar, el taller a punto de abrir, la casa lúgubre… “La casa lúgubre…” se repite y, en una improvisación inusitada, levanta la cabeza. “¿Luz?” se pregunta. Ve luz bajo los verdes toldos de reverso floreado y se sorprende. Despacio, controlando casi cada milímetro, baja la cabeza barriendo con la vista la fachada. Una hilera de ventanas tapiadas en la segunda planta, otra en la primera y en la baja… una puerta abierta. Cabecea sin comprender. Hasta ayer el hueco de la puerta era una mancha de cemento gris pero hoy es una plancha de acero con cadena de gruesos eslabones. Siente un escalofrío parada ante el pasillo que intuye como continuación de la puerta y, con pasos cortos y desacompasados, retoma su camino, resonando de nuevo sus tacones contra las primeras horas del día.

 A la mañana siguiente, tras el café cargado, avanza calle arriba mientras su mente pugna por cambiar de camino, pero su obstinado cuerpo se empecina en avanzar en la misma dirección. Parada de nuevo ante aquel edificio se pregunta curiosa por el misterio de las luces encendidas de la tercera planta. Su desbordada imaginación pasa de okupas a indigentes e incluso piensa en una posible cuadrilla de albañiles. Pero hay algo más, aunque no encuentre una palabra que lo defina. Se siente tan horrorizada como fascinada por el aspecto de la casa y es capaz de vislumbrarla en sus buenos tiempos, pintada de un beige luminoso con grecas marrones enmarcando las ventanas y los alegres toldos verdes de la ahora sombría tercera planta reluciendo al sol. Obnubilada es incapaz de resistir el impulso de entrar y averiguar qué esconde en sus entrañas.

Entra con cautela, acostumbrándose a la semioscuridad proporcionada por la bombilla colgada de la pared. Antes de comenzar el ascenso toma aire y descansa la mano en la barandilla. Sintiendo la energía de la casa electrizando su cuerpo, sube a la carrera hasta la tercera planta y empuja la puerta del piso dando un golpe contra la pared. En el fondo del salón hay alguien cubierto de suciedad y con el pelo enmarañado, que se gira cuando escucha el ruido. Le mira de frente tratando de averiguar qué le resulta familiar en él, entendiendo en ese instante su obsesión por el edificio. Las lágrimas anegan los ojos de su hermano, desaparecido hace tanto tiempo, y sale corriendo hacia él. “Pablo” se oye gritar. Y con la certeza de que aquel es ya su hogar, se abandona entre sus brazos.

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