La bibliotecaria

No sé si estás, o no, pensando en mí cada segundo del día como lo hago yo. Quizá todos los segundos del día sean demasiados para ocuparlos en mí. Yo, en cambio, recuerdo a cada momento tus ojos verde azulados, tu sonrisa nívea, tu pecosa piel.

Nuestro primer encuentro fortuito marcó un gran cambio en mi vida. Estaba despistado como siempre pensando en mis cosas cuando recordé que tenía una cita. Te pregunté la hora y al contestarme tu “las doce y cuarto” levanté la vista para quedarme colgado de esa sonrisa grande que me iluminó el día. El libro que hasta ese momento me tenía fascinado, perdió todo interés. Te observé hasta que desapareciste de mi vista empujando aquel carrito lleno de volúmenes. Desgrané los matices rojizos de tu pelo y el movimiento de tus caderas al caminar, la forma extraña en que tus pies se vuelcan hacia afuera. Arrebolado, recogí mi cartera y al vuelo llegué a mi cita para cambiar el objeto de la misma. “Si no remueve mi alma así, no he de casarme con ella”. Fue una certeza indiscutible. De pronto caí en la cuenta de que llevaba años engañándome. Maca había sido mi compañera desde la universidad, pero había llegado un momento que en sólo éramos eso. Me dí un tiempo de reflexión, tras tantos años no quería equivocarme, durante el que seguí yendo a la biblioteca para encontrarme con tus ojos. Al principio, me escudriñaban interrogantes. Después, lo hacían pizpiretos. El día en que te invité a tomar café y respondiste que sí, mi corazón latió tan fuerte que retumbaron mis oídos. ¿Recuerdas esa conversación? Descubrimos que a mí me gustan las amapolas y a ti las rosas, que tu prefieres la playa y yo la montaña, que yo madrugo y tu trasnochas… Y en esa retahíla de desencuentros encontramos tantas coincidencias que nos colgamos el uno del otro y ya no hubo dudas. Maca comprendió mis motivos y estuvo de acuerdo conmigo en que nos habíamos acomodado en un mundo de afirmaciones y cariños sin caricias ni pasión. Por eso mantuvimos nuestra amistad, como bien sabes.

¡Ay, mi amor! Tantas horas a tu lado y tan cortas que se me hicieron contando tus lunares, dibujando en tu espalda, descubriendo tu olor. ¿Te acuerdas de las tardes interminables entre las sábanas? Nunca terminabas de vestirte, nunca  te empezabas a ir. Y ahora te observo y revivo la pasión casi adolescente, casi porque la adolescencia hacía tiempo que nos había abandonado, y cómo mi sangre hervía sólo con verte de lejos. Tú, que lo sabías, te recreabas pícara en tu caminar y hacías un viaje eterno para recorrer cien metros.

Por aquello de mis madrugadas y tus trasnochadas, yo te preparaba el desayuno casi a la hora de comer y tu me dejabas la ropa preparada en el diván casi a la hora de levantarme. Y esos segundos de los que te hablaba antes fueron trascurriendo en una suerte de conexión astral que hizo de nuestras diferencias igualdades y que trajo la apacible felicidad a nuestras vidas.

Felicidad. ¡Qué raro suena ahora! Creo que se nos quedaron tantas cosas por hacer. El viaje a Oviedo siempre pospuesto por motivos varios o aquella película española que querías ver y que no vimos porque yo no quise. El vestido verde que ibas a comprar el día siguiente. O el cuarto que íbamos a pintar. ¿Por qué? ¿Por qué no te vio? Si relucías siempre, era imposible no verte. Cruzabas la calle y ella corría tanto que sólo oí el zumbido y tu grito. Ni siquiera pude avisarte. El golpe seco de tu cráneo contra el asfalto taladra mi cerebro. Y tu cara rellena todo mi tiempo, pero la de siempre, no aquella que vi cuando corrí a tu lado, deformada por el golpe y regada de sangre. Relucías siempre. Hasta ahora, mi amor, dentro de esta caja, reluces.

(Cuento original publicado el 15 de julio de 2006).

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