Juernes

Las horas iban pasando. Al principio lentas, angustiosas, agarrotando el estómago y cercenando la vida. Poco a poco me fui a costumbrando a la ausencia. A no saber de ti casi nada, solo aquello que querías mostrarme. Sonriendo de medio lado cuando una foto me decía que estabas pasándolo bien, que habías quedado con alguien, que tu maldita cabeza no te había ganado la partida.

Recuerdo aquel “juernes”, aquella cerveza dorada, burbujeante, desafiándome desde el otro lado de la pantalla del móvil. Sonreí. Una sonrisa pequeña porque, aunque sonrisa, era triste. Porque no era yo quien compartía contigo el tiempo, el ocio. Porque me hubiera gustado estar charlando, colgada de la intensidad de tu mirada, mientras me contabas los detalles de tu próximo viaje. O los del último. O los de cualquiera. Porque a mí, en realidad, me encantaba escucharte mientras babeaba. Me había empezado a enamorar. Y justo entonces desapareciste.

Me diste explicaciones, lo hiciste antes de marcharte, pero yo no las acabé de entender y sólo me quedó recomponer mi vida. Volver a conformarme con migajas. Tratar de aprender a ser por mí. Algo en lo que llevaba empleada toda mi vida adulta y que no conseguía alcanzar.

Los primeros días fueron duros. Muy duros. Una tristeza descorazonadora me atravesaba el alma y me ahogaba físicamente. Amanecía de mal humor, me miraba en el espejo con la autocrítica a punto de nieve, encontrando en esas ojeras un motivo más para dejarme llevar por él.

Hasta ese “juernes” en el que vi esa cerveza. Fue la catarsis. El ver que seguías con tu vida con total normalidad, el ser consciente de que no me querías en ella. “La vida no es como en las comedias románticas” -me dije- “no puedes mover la decisión del otro con una sola frase”.

A partir de ese día me dediqué a vivir. A reír. A descubrir cosas nuevas, a paladear cada segundo, a exprimir a mis amigos, a disfrutar. Cada vez que la nube se posaba en mi cabeza recordaba a esa compañera del trabajo que se describía como “disfrutona” y me ponía como meta imitarla.

Entonces sucedió. De pronto brillaba, toda yo lo hacía. Mi cabello, mis pupilas, mi sonrisa. Hiciera sol o estuviera nublado, yo refulgía. Era una situación extraña, todo el mundo lo notaba y me lo hacía saber. Yo aún no me había hecho a la idea de que el poder está en mi interior. De que solo me necesito a mí. De que, aunque contigo la vida hubiera estupenda, yo misma podía hacerla maravillosa. Porque no necesito a nadie más. Necesitar no es sano. El amor no debiera ser enfermizo y esa era mi tendencia.. SIEMPRE.

Una vez que la consciencia llegó a mi vida, la vida cambió. Saberme dueña de mis emociones me hizo sumamente poderosa. Y segura. Muy segura. No hacía falta que nadie me dijera cosas bonitas, ya lo hacía sola. Tengo espejo en casa. Veo mi cara, cómo progreso en mis objetivos, sé que soy bella. Tengo ojos para leer mi trabajo, sé que cada día lo hago un poco mejor.

Y así, casi sin darme cuenta, dejé de buscarte en la agenda en un acto reflejo que me ahogaba. Dejé de pensar en ti al despertar, al acostarme, al tener un rato libre. Dejé de recordarte. Saliste de mi cabeza y contigo se fue la nube. Respiré. El oxígeno está infravalorado.

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