La felicidad invertida

No era el momento, estaba claro. Desde el último banco de la iglesia hasta el altar nuestras miradas se entrelazaban con insistencia en un intercambio inapropiado. No podía apartar mi mirada de ella: estaba resplandeciente, desde el cabello suavemente ondulado hasta los jugosos labios de fresa. Mediaba un abismo desde la última vez en que nos habíamos visto y, sin embargo, el instinto animal que despertaba en mí no se había alterado. Era incapaz de controlar mis pensamientos estando cerca.

Miré de reojo a Juan. Tan atildado como siempre, tan seguro de sí, tan encantador. Cuando Mara nos presentó pensé que no era hombre para ella y mi opinión seguía siendo la misma. Ahí estaban los dos, vestidos de domingo, delante de una centena de amigos y familiares dispuestos a jurarse amor eterno. Mientras pronunciaba las malditas palabras era yo quien estaba en su cabeza, estaba seguro, pero no podía culparla por entregarse a otro hombre. Tenía la certeza de haber equivocado mi camino durante muchos años, alejándola de mí yo había condenado a aquella extraordinaria mujer que justo en ese instante pronunciaba un tímido “Sí”. Cuando hubo concluido la palabra giró la cabeza y sus profundos ojos verdes se posaron en los míos. Un velo acuoso, rápido, inesperado, se adueñó de mi vista y una solitaria lágrima resbaló por mi mejilla. A pesar de la presteza de mi mano, ella consiguió verla y su gesto se contrajo en una mueca de sorpresa que en un primer momento no entendí, pero que cobró sentido después de pensarlo varias veces: gracias a mi empeño en ignorarla durante tanto tiempo, la había convencido de que no sentía nada por ella. !Era tan cobarde haber esperado hasta el último segundo para intentar recobrarla! Me sentía el protagonista de una de esas absurdas películas americanas en las que el galán y la jovencita se reconcilian al final, justo cuando el Juan de turno se quedaba pasmado  y solo en el altar.

Tras la ineludible lluvia de arroz y el traslado al salón dónde se celebraría la cena, intenté encontrar un hueco para hablar a solas con Mara. Los había felicitado a ambos nada más salir de la Catedral pero necesitaba tener unas palabras más pausadas con ella. Mientras las buscaba entre el gentío recordé el tacto de su abrazo sobre mi cintura, su inmensa sonrisa antes de regalarme un fraternal beso y un escalofrío me recorrió entero. De pronto, un roce en la palma de mi mano, un fuerte tirón hacia atrás y un familiar aroma confundiendo mis sentidos … Mara. En cuanto estuvimos un poco alejados espetó sin más:

– ¿Por qué has venido?

– ¿Por qué me invitaste?- le solté sin responder.

– Sabes por qué… eres mi mejor amigo.

– No sólo tu mejor amigo…

– Hace tiempo que dejaste claro que sólo querías ser eso.

La frialdad de su mirada no acompañaba al resto de su lenguaje corporal. Sus brazos buscaban insistentemente el contacto con mi cuerpo y su lengua mojaba a cada segundo sus labios. No pude contenerme más. La atraje despacio, fijos mis ojos en los suyos, y la besé como siempre había querido hacerlo. Mi lengua inundó su boca y mis manos buscaron un camino bajo su vestido. Se estrechó contra mí. Sabía que no estaba bien, que no debíamos, pero tras tanto tiempo soñando con ello era incapaz de parar. No debieron ser más de 10 minutos escondidos del mundo, disfrutando del reencuentro, de ella, de mí, de sentimientos  ignorados. Uno de los dos recobró el sentido común entonces, no recuerdo quién, e hizo notar que una novia desaparecida en su banquete durante más de cuarto de hora llamaría demasiado la atención.

Pasé el resto de la cena rememorando su tacto, su abrazo, cada centímetro recorrido por mis ansiosos dedos. Me dejé acunar por la sensación de llegar a casa que experimenté al dejarme envolver por ella. Por fin había llegado justo al lugar en el que quería estar. Más tarde bailamos amarrados como si nadie pudiera vernos, lógico baile de mejores amigos convertidos en ocultos amantes. Era el imperfecto principio para lo que preveía como una poco perfecta relación.

Me fui a casa con su sabor en los labios mucho antes de que la fiesta hubiera finalizado, harto de verla colgada de Juan, regalándole sus caricias para regocijo de sus ebrios amigos. Primero en el taxi de vuelta y más tarde entre mi frías sábanas, mi cabeza giraba en torno a su recuerdo rememorando cada magnífico segundo de aquella extraña noche. Durante días esperé su llamada, primero ansioso, después desencantado, dejándome llevar por la certeza  inamovible que provoca el paso del tiempo. Me torturaba una y otra vez imaginándola haciendo el amor con su marido, oyendo sus gemidos, viviendo sus orgasmos…

Poco a poco, con el avance inexorable de los meses, fui convenciéndome de que había soñado aquella escasa velada de felicidad. Yo, que desde mi adolescencia había sido un tipo atractivo y atrayente, me convertí en un señor con canas y surcos en el rostro, con la mirada perdida y el ritmo cardíaco destrozado. De mi optimismo habitual pasé a un estado de nerviosismo crítico del que nadie estaba a salvo, protestando cada decisión que era tomada a mi alrededor, igual me daba que fuera un superior, un igual o un amigo, arañando hasta encontrar una explicación malintencionada. Como consecuencia fui despedido e invitado a no volver a aparecer por la oficina ni para recoger el finiquito. Mi degradación llegó a tal punto que me olvidé de cosas básicas como ducharme, sacar la basura o airear la casa. Convertido en ermitaño de la noche a la mañana mi jornada consistía en una repetición de la anterior, pasando y repasando compulsivamente las fotografías de Mara, reflejo de su vida desde la adolescencia hasta una despedida de soltera que me encargué de organizar y a la que asistí con la convicción de que si alguien debía estar allí ese era yo. Creo que ya estaba loco por entonces.

Empapelé mi casa con su imagen, tapé espejos, cubrí muebles… no quería ver nada que no fuera ella. Acumulé en una esquina del salón los periódicos pasados y eliminé cualquier vestigio de mi vida anterior. En mi cabeza repetía la sucesión de acontecimientos de aquel ya lejano día, idealizándolos un poco más cada vez. Una mañana dando vueltas atontado por el salón le pegué una patada al teléfono de manera fortuita. Fue cuando me dí cuenta de que habían cortado la línea. Como si con ello me hubieran golpeado advertí que tampoco tenía luz, pero no fui capaz de discernir cuándo la habían dado de baja. Me daba igual ver o no. La claridad provenía de Mara y estaba por todas partes.

Tan débil como estaba, hacía mucho que no compraba comida, un día me caí y no encontré motivo para volver a levantarme. En una postura extraña, la cabeza mirando hacia la izquierda, la espalda ladeada, los pies doblados hacia dentro, la mano derecha reposando en alto sobre algo, dejé que el sueño me envolviera. Mara me decía que sí en una puesta de sol y me abrazaba con fuerza mientras juraba que nunca se alejaría de mí. Después me besaba con furia y, como en las pelis clásicas, se dibujó un “The end” en la pantalla. Me desperté sobresaltado y al hacerlo tiré algo. Los periódicos se desparramaron por el suelo del salón en un jeroglífico de letras y fotos, de entre las cuales una llamó mi atención. Los restos de un avión despezado flotando en lo que parecía ser un lejano oceáno y en negrita un titular que rezaba: “190 muertos y 20 desaparecidos en accidente aéreo en el Caribe” Permanecí varios minutos mirando el artículo. ¿El Caribe?, me pregunté, ¿no iba allí Mara de luna de miel? El pánico se adueñó de mí al tiempo que buscaba freneticámente la fecha… 15 días después de la boda. En medio de aquel maremágnum, febril y abotargado por la incertidumbre, me llevó más de la cuenta localizar los periódicos de los días posteriores. Buscaba sin cesar alguno en el que apareciese una lista de heridos, desaparecidos o muertos… y la encontré. Ella. No había vuelto a llamarme… no había podido hacerlo. Con decisión caminé hasta el balcón y lo abrí de par en par, los blancos visillos ondeando al hacerlo. Volví al centro del salón y tomé carrerilla para impulsarme, corriendo hacia el sol del mediodía. Mara me esperaba al final del camino.

 

11 thoughts on “La felicidad invertida

  1. Felicitaciones preciosa!! lo has conseguido, pude ver a Juan a Mara y a ese hombre enamorado viviendo sin sentido… Ay Le!! si te digo la verdad, no me sorprende, no esperaba menos de ti. Te quiero, lo sabes….

  2. no me había acordado hasta ahora…y me ha enganchado Let (cómo me gusta tu nombre de escritora!!!). Ahora además de sacar un ratito para los deberes de ingés, vas a tener que escribir un parrafito cada día, para alegría de tus blogueros…y como dicen tus comentaristas: chata! eres muy buena…he visto perfectamente a los dos protas…y ya que vas a matarlos, por lo menos podías haberles dejados pasar juntos todo un día y no 10 miserable minutos!!! me ha encantado y quiero MORE!!!!!

  3. Hay muchas maneras de contar las cosas, pero esta sin duda es MUY TÚ!jejeje. Eres todo un amor, Let. Me gusta que hayas entrado en mi vida,aunque sólo sea para un ratito los domingos por la noche XD.
    Ya sabes que para todo…
    Se te quiere, petarda!
    muua!
    PD: Persigue tu sueño! taaaaaaaaaaanto taaaaaaaaanto..:P

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