El hombre obsesionado

No sabía si disfrutaba más del tiempo que pensaba en ella o del que estaba junto a ella. En aquellos meses todo se había reducido a sus pecas, su pálida piel, sus ojos azules… El tiempo se le iba en recordar. El primer día que la divisó entre tanta gente con esa media sonrisa pícara. Pocos días después se acercó con un ramo de flores, pero no tuvo valor para hablar con ella. Lo dejó y huyó corriendo por miedo a ser rechazado o tomado por loco, pero ya se había enganchado a aquel rostro y era imposible sacarlo de su mente.

En la oficina nada salía bien. Desde aquella primera vez las horas se le iban en recrear su cara, en idear maneras de acercarse, en inventar pretextos verosímiles para llegar hasta ella. Su jefe vivía ahora pegado a su espalda, revisando todo su trabajo. Tras varios avisos seguía siendo incapaz de bajar a la tierra, así que fue despedido. No le importó, tendría más tiempo para ella.

Sus amigos lo llamaban al móvil para quedar, pero él ya no tenía ganas. Durante una temporada pudo engañarles, pero un día uno de ellos llamó a la oficina y le contaron que ya no trabajaba allí. Una mañana se presentaron en su casa. Querían saber qué le estaba pasando. Pensaron en alguna adicción, una ludopatía. Lo que encontraron al entrar les dejó helados. Ropa tirada por todas partes, el fregadero rebosante de platos sin lavar, montañas de polvo. Los cristales de las ventanas no dejaban pasar luz, sólo la filtraban de lo sucios que estaban. Él no les dio mucha tregua. No intentó siquiera darles una mínima explicación. Ante sus caras de preocupación contestó que no era asunto suyo y les echó de mala manera. Cambió el número de móvil y le cortaron el teléfono de casa cuando dejó de pagar. Ninguno de ellos volvió a hablar con él.

Con el paso de las semanas también cambió su aspecto físico. El cabello fue creciendo y decidió no perder su tiempo en afeitarse. Las uñas fueron alargándose y luego se curvaron. Sus ojos se tornaron oscuros, con un velo sutil de amargura. El muchacho bien parecido que mostraban las fotos de su apartamento había dado paso a un anciano vagabundo. Pocas veces salía a la calle ya y cuando lo hacía la gente se apartaba de él. Su cuerpo despedía un olor hediondo a muerte, a suciedad, a infinita tristeza. Su mente sólo intentaba dar con el modo de llegar a ella.

Unos meses después el valor anidó en él. Caminaba con dificultad porque casi no se alimentaba. La piel estaba pegada a sus encorvados huesos y cada metro recorrido era un gran esfuerzo, pero la determinación era más fuerte. Paso a paso fue recorriendo las calles que le llevarían hasta su amor. Hacía frío, mucho, pero él tampoco lo notaba con el escaso jersey de mezclilla y los raídos pantalones de pinzas que llevaba desde tanto tiempo atrás. Cuando llegó la cancela de hierro estaba abierta. Pensó con sorna en la buena fortuna que esto suponía ya que sus escasas fuerzas no le hubieran permitido moverla. La divisó a lo lejos y esa visión le puso alas. Sus pies aligeraron el paso y una sonrisa se dibujó en su rostro. Debían faltarle unos diez metros para llegar cuando se llevó una mano al pecho y cayó desplomado. Murió en el acto. No llegó siquiera a ver el nombre en la lápida, María, bajo la foto en el mármol que hacía unos meses tanto le había obsesionado.

(Cuento original publicado el 6 de julio de 2006).

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