Venganza

Caos, devastación, la pérdida asoló mi alma. La realidad aporreaba mi almohada para entrar en un mundo del que yo no quería salir. Sólo encontraba consuelo en rememorar, en pasear de puntillas por nuestros recuerdos. Tuyos y míos, de los dos. Un consuelo frío que se deslizaba por mis mejillas y anidaba en mi pecho en forma de gotas susurrantes. La pregunta siempre fue la misma ¿por qué? Si para mí éramos perfectos, el círculo que empezaba donde terminabas tu. Un día hiciste una maleta, la llenaste con mis sonrisas y la cerraste de golpe. No hubo explicación “Ya no funciona” palabras vacías que para mí nada significaban…

Por rutina, seguí respirando, el aire continuaba llenando mis pulmones mientras agarraba mi estómago para soportar los calambres. Dejé de comer y casi de vivir, porque vivir no es arrastrarse y no sentir. De pronto un día mi cerebro dio un vuelco y empecé a idear maneras de vengarme del dolor que habías causado. Incapacitada como estaba para sentir algo más que odio, las más maquiavélicas ideas fueron adueñándose de mí. Continue reading “Venganza”

La entrada del cementerio

Se anudó con desgana el cinturón de la gabardina café con leche. Observaba las gotas en su incesante golpear contra el suelo. Tap tap tap. “Es tan extraño todo”, pensó mientras su mano izquierda, distraída, atusaba su melena, “Parece incluso el mismo día, como si estuviera en un bucle que me impidiera avanzar y me obligara a volver siempre a él”. En el fondo de aquel día gris se dibujó la luminosa sonrisa de Jan. Las arruguitas que bordean sus ojos. El miel antiguo. “Perdona” le dijo él y al levantar la vista Sara supo que aquél encuentro no había sido fortuito, que la vida le traía, al fin, el regalo que pensaba que merecía.

No había sido fácil su vida, no, pensó Jan mientras hablaban. El padre ausente al que no se nombraba, la madre siempre fuera de casa para poder mantenerla y ella tan sola con sus ganas de aprender. Imaginó aquella cabecita cobriza enterrada en un mar de libros en un pequeño comedor de apenas 10 metros cuadradados y no pudo menos que enternecerse. Nadie parecía querer darle una oportunidad, ni el propio Dios desde lo alto, nunca llegaba a su objetivo. No pudo ir a la Universidad, así que desde bien joven empezó a trabajar. Auxiliar administrativo en una pequeña empresa, picaba facturas de 9 a 17 h. Ella parecía feliz, por más que él pensara que cuanto le contaba era terrible. Continue reading “La entrada del cementerio”

La Casa

Resuenan sus tacones en la oscuridad espesa. Adormilada camina por inercia, y sus ojos entreabiertos descansan en cuanto la rodea: una furgoneta aparcada desde hace cuatro días en el mismo lugar, el taller a punto de abrir, la casa lúgubre… “La casa lúgubre…” se repite y, en una improvisación inusitada, levanta la cabeza. “¿Luz?” se pregunta. Ve luz bajo los verdes toldos de reverso floreado y se sorprende. Despacio, controlando casi cada milímetro, baja la cabeza barriendo con la vista la fachada. Una hilera de ventanas tapiadas en la segunda planta, otra en la primera y en la baja… una puerta abierta. Cabecea sin comprender. Hasta ayer el hueco de la puerta era una mancha de cemento gris pero hoy es una plancha de acero con cadena de gruesos eslabones. Siente un escalofrío parada ante el pasillo que intuye como continuación de la puerta y, con pasos cortos y desacompasados, retoma su camino, resonando de nuevo sus tacones contra las primeras horas del día. Continue reading “La Casa”

La felicidad invertida

No era el momento, estaba claro. Desde el último banco de la iglesia hasta el altar nuestras miradas se entrelazaban con insistencia en un intercambio inapropiado. No podía apartar mi mirada de ella: estaba resplandeciente, desde el cabello suavemente ondulado hasta los jugosos labios de fresa. Mediaba un abismo desde la última vez en que nos habíamos visto y, sin embargo, el instinto animal que despertaba en mí no se había alterado. Era incapaz de controlar mis pensamientos estando cerca.

Miré de reojo a Juan. Tan atildado como siempre, tan seguro de sí, tan encantador. Cuando Mara nos presentó pensé que no era hombre para ella y mi opinión seguía siendo la misma. Ahí estaban los dos, vestidos de domingo, delante de una centena de amigos y familiares dispuestos a jurarse amor eterno. Mientras pronunciaba las malditas palabras era yo quien estaba en su cabeza, estaba seguro, pero no podía culparla por entregarse a otro hombre. Tenía la certeza de haber equivocado mi camino durante muchos años, alejándola de mí yo había condenado a aquella extraordinaria mujer que justo en ese instante pronunciaba un tímido “Sí”. Cuando hubo concluido la palabra giró la cabeza y sus profundos ojos verdes se posaron en los míos. Un velo acuoso, rápido, inesperado, se adueñó de mi vista y una solitaria lágrima resbaló por mi mejilla. A pesar de la presteza de mi mano, ella consiguió verla y su gesto se contrajo en una mueca de sorpresa que en un primer momento no entendí, pero que cobró sentido después de pensarlo varias veces: gracias a mi empeño en ignorarla durante tanto tiempo, la había convencido de que no sentía nada por ella. !Era tan cobarde haber esperado hasta el último segundo para intentar recobrarla! Me sentía el protagonista de una de esas absurdas películas americanas en las que el galán y la jovencita se reconcilian al final, justo cuando el Juan de turno se quedaba pasmado  y solo en el altar. Continue reading “La felicidad invertida”